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Volver a la guerra del bolillo

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Por Humus.
A media cuadra
Correo electronico: amediacuadra@gmail.com

Algunos se molestan porque el debate sobre la administración de la ciudad se polariza. Dicen que el destino de la ciudad está más allá de las opiniones que vienen y van entre Peñalosa y Petro, y tienen razón, pero no es la opinión de tal o cual caudillo lo que está generando la confrontación, son dos formas de hacer las cosas entre las muchas posibles, dos formas muy diferentes en sus convicciones y sus prácticas. Si se habla de la anterior administración, o incluso de las tres últimas, más allá de los errores evidentes, es porque es un referente de lo que es posible hacer y ya hace parte de nuestro aprendizaje como ciudadanos. Por ejemplo hemos aprendido algo básico, que los problemas no se arreglan con bolillo.

Hace cuatro años cubrimos con la Agencia Techotiba el bloqueo a Transmilenio en Banderas cuando apenas empezaba el gobierno de la Bogotá Humana, los usuarios del sistema se volcaron a las vías, decenas de personas se subieron encima de los articulados, pedían, tal como ahora, que enviaran más buses para cubrir la creciente demanda, se quejaban del mal servicio, de la incomodidad, la inseguridad, etc.

Ante esto llegó el Esmad se postró en la vía lejos de los manifestantes. Aunque a veces los policías tomaban posición amenazante, e incluso se movían hacia la multitud, no se enfrentaron a las personas. Permanecieron como un símbolo de la represión, pero no la ejercieron directamente. Mientras tanto entre la gente que allí estaba se mantenía un diálogo con sus alegatos permanentes y se vivía un ambiente que a veces se tornaba festivo, había gente sentada en la vía cantando con una guitarra, unos metros más allá aparecía un cuentero que formaba su corrillo. Por supuesto que había personas que se molestaron porque no se desbloqueaba la calle y casi pedían que la policía actuara, pero ellos también podían hacer uso de la palabra.

La administración distrital de ese entonces, en cabeza de Petro, solicitó que entre los manifestantes se generara una comisión de algunas personas para establecer una mesa de diálogo con la alcaldía distrital en la cual estaría presente el alcalde. Así se hizo. Con la ayuda de los gestores de seguridad, los voluntarios a conformar la comisión alzaron la mano, se definió un grupo, se anotaron números telefónicos y se fueron a hablar con el alcalde. La multitud se quedó bloqueando la vía hasta que se tuviera una razón concluyente. Con los minutos y las horas, algunos se fueron retirando del lugar, se fueron a trabajar o a cumplir sus obligaciones. Cuando llegó la comunicación de que se había resuelto el conflicto, no quedaba sino una tercera parte de las personas que habían participado en la protesta, quienes no impidieron que se restableciera el servicio de transporte. Así que no hubo policías ni ciudadanos heridos, ni daños considerables a buses o a la estación, tampoco hubo detenidos. El tiempo que duró la protesta fue aproximadamente de 5 horas.

Si comparamos el manejo de esa protesta con el manejo que ha dado la actual administración, en cabeza de Peñalosa, a hechos similares, es fácil notar los resultados negativos. El modus operandi es bien conocido. Un grupo de personas protesta, llega el Esmad, el cual utiliza múltiples mecanismos para desatar una confrontación violenta, tal como golpear a las personas, tirar gases lacrimógenos, tirar explosivos a la gente etc. Se desata la confrontación violenta, la indignación hace que las personas lancen piedras, dañen el inmobiliario público, buses, ventanas, etc.

El tiempo que ha tardado el Esmad en disolver (así lo llaman) las manifestaciones de los últimos días, supera las 5 o 6 horas, al final, el resultado es el que se ha visto. Caras rotas, manos rotas, heridos, buses rotos, detenciones arbitrarias, criminalización de la protesta, violación a los derechos humanos, gente encerrada.

Antes de los gobiernos del Polo y del movimiento progresista, esta era la forma convencional para disolver a las multitudes en la ciudad, lo cual no quiere decir que en ciertas ocasiones la mano autoritaria y represiva de estos gobiernos hiciera también presencia ante ciertas coyunturas, pero como generalidad, se podía percibir que el diálogo y la concertación eran una salida real y posible, siendo el gobierno de Bogotá Humana el que mayor disposición tuvo al respecto.

Mientras el país hace su camino hacia el fin del conflicto, que así no lo crean muchos, requiere, para hacerse efectivo, de cambios culturales que nos lleven a resolver nuestros conflictos de una manera no violenta, este triste viaje al pasado que sufre Bogotá es un traspié en la búsqueda de una paz que trascienda un acuerdo o una ratificación en las urnas, es necesario, mediante el ejercicio efectivo de los ciudadanos, exigir el camino de la concertación y participación como paradigma político del cambio social.

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