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Una vida cualquiera

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En el 2009, una profesora que nunca se aprendió mi nombre y creía saber todos mis secretos y mis no secretos, le pidió a los papás hacer una biografía de sus hijos para luego retroalimentarla. Mi mamá (realmente creo que fue su novio quien la escribió, no ella) dijo que el hecho de que yo haya nacido en medio de una lluvia de estrellas, había sido presagioso para la familia, y yo, en honor a esa cursilería tan graciosamente fundamentada, encabezó así este escrito, con palabras ajenas de quien sea que las haya escrito. 

Nací un 17 de noviembre de 1998, era un martes después de un lunes festivo y sobre mi hora de nacimiento discuten mi mamá y mi papá, a la hora que haya sido, un fenómeno natural que despierta atractivo sobretodo por su estético (como todo), estaba ocurriendo, y entre una cesárea y un hermano que quería que me llamara como el celador Wilson de la casa, nací yo, un bebé rosado que bronco-aspiró pero que tiene la suerte de que ese tiempo en la incubadora haya sido su tiempo récord en un hospital. De mi infancia recuerdo imágenes cortadas y de pocos colores, recuerdo un piso de baldosa que se acercaba a mi cara de vez en cuando, recuerdo una mudanza triple a San José, Valledupar y Bogotá de nuevo, recuerdo los vestigios de mi inocencia que de inocencia solo tenía el título, recuerdo más bien la carencia de tabúes, que iba al baño con Camilo, un niño de mi edad que ni me gustaba pero me daba curiosidad, recuerdo a mi hermano orinándose en la cama, a mi mamá odiando a mi papá, las termales de Costa Rica, a la boluda de tu vieja que se fue a vivir en casa, que no sabía qué era ‘boluda’ y que sin saberlo, por como se resbaló la palabra en mi boca cuando la dije, me enamoré de la cultura que más la adopta; de la argentina. Recuerdo una playa en la que perdí una ojota de Spiderman, una playa donde aprendí a matar hormigas cuando mi mamá, mientras hablaba por teléfono, me mostró cómo, recuerdo Valledupar y los “te está llenando la cabeza de cucarachas” que me decía mi hermano refiriéndose a mi prima y que yo nunca entendía, recuerdo la sangre que tenía Camila en el pie izquierdo cuando lo sacó asustada de la alberca buscando qué la había picado, recuerdo el palo de mango y las plantas que hacían que me rascaran las manos después de tocarlas, recuerdo a Luigi, el gato que resultó ser Luna y a sus hijos, que murieron envenenados, recuerdo a Kaleth Morales en concierto y que me salieron piojos, que mi mamá tardó más en darse cuenta que en quitármelos, recuerdo que tendía a perseguir a un niño que creo que se llamaba Iván y que me gustaba, que mi prima me decía que le dijese un día en un recreo, pero que yo nunca pude, recuerdo la gaseosa de maracuyá que nos inventamos con mi hermano, recuerdo que me gustaba leer en la casa de en frente un mensaje que decía “se vende hielo” porque ya sabía que esa ‘h’ se leía muda y no igual a una ‘g’, no recuerdo a mi mamá ebria ni a mi hermano llorando desesperado buscando a mi papá cada vez que podía, no recuerdo a mi tía peleando ni a mi tío consumido en lo que pudiera, cómo le agradezco a la memoria innatamente selectiva que tenemos, cuán agradecida me siento porque mi primer mal recuerdo sea la sangre en el pie de mi prima, qué vida tan sencilla que tengo si no recuerdo esa época de tantos tormentos para todos los que estaban a mi alrededor, gracias inconsciencia por protegerme de tanto, qué buena puntería de la vida al poner una pantalla negra en esos momentos que tenían más bien un aroma fúnebre por doquier. En Bogotá, después de que no pude entrar al Refous, entré a un colegio más grande y con salones que podían ser casas, tenía pupitres con cajones que se levantaban, y me gustaba, más que cualquier cosa antes, levantar y bajar la tapa varias veces, me topé entonces, en el Anglo Americano, con una clase que estaba del todo en inglés, conmigo escribiendo “red” con doble ‘r’, con una profesora noble, con 1/2 de las profesoras que se aprendieron mi nombre en primaria, con Sandra Murcia, que nos daba stickers y si coleccionábamos los cinco de la semana, nos daba un bonbonbúm, me topé con el frío, con gente que me invitaba a jugar, con gente que me hablaba y con gente que quería que me hiciera lejos de la puerta, pero a mí me gustaba la puerta, me gustaba que acabara el recreo, me gustaba porque así las clases siguientes estaban más cerca de acabarse, me gustaba porque así pronto iba a estar en la ruta, y porque en la ruta pronto iba a estar próxima a saludar a mi papá, a mi papá que me iba a estar esperando en la portería con una chaqueta grande de aviador, saludando serio y abrazándome fuerte, porque después iba a estar comiendo cualquier cosa con él, haciendo mi cosa favorita hasta el día de hoy; hablarle. En el Anglo dejé de odiar en tercero, en tercero cuando me gustó otro Camilo, en tercero cuando tuve el mejor registro de notas del grado y de mi vida, en tercero cuando me enamoré del inglés y tenía una profesora de Historia (la segunda mitad de profesores de primaria que se aprendieron mi nombre) que se había graduado del Refous, que sabía hacer varios acentos y que gracias a esa cualidad, me recordaba a mi papá y a mi hermano, a Camilo lo cambié por Francisco, un amigo que después salió del clóset, con Francisco jugábamos en un tubo a darnos besos y a ser novios, jugaba yo a creerle sus historias patológicas de mitómano y jugaba él a decirme que “Otero Acuña” sonaba muy lindo, perturbándome, haciéndome reír con miedo. Tercero acabó y como una película que necesita otro rumbo cuando la comodidad es alcanzada, porque el ritmo no se puede perder, nos tuvimos que mudar mi mamá y yo a Valledupar, me despedí de mi papá como si me fuera a morir, lo lloré en el camino como si no lo fuera a ver de nuevo, mi mamá estaba cansada, ya no tenía cinco años, tenía 10 y  parecía de unos tres, tenía ella suficiente tormento con el cambio pero ahí estaba yo sollozando para recordárselo cada vez que se distrajera, con un auténtico egoísmo e inmadurez, con el arrepentimiento póstumo y eterno que me acompaña después de la catarsis que hice de esa época y por la que desde entonces, no he dejado de pedirle perdón a mi mamá por parecer más un bulto que una hija, me he pasado estos días recordando y estas letras recreando el cuarto de mi abuela donde dormíamos y sonaba la alarma temprano, me bañaba con agua helada que agradecía cuando salía al calor y me ponía una jardinera que todos elogiaban por ser el uniforme más lindo del mundo, a mí me daba igual, pero a veces me sofocaba, llevaba lonchera y un termo gigante al que le metían hielo, un hielo que duraba una hora en tiempo récord para descongelarse, mis notas eran muy buenas, el mérito era en lo absoluto del Anglo, no recuerdo ni una esquina de alguna clase de ese colegio. Lidia Acuña fue la primera persona que conocí con mi apellido, su papá se llamaba Alberto, como el mío, no me caía tan bien Lidia pero sentía que la quería, mis ganas de abrazar a mi papá y salir a escuchar a los pájaros con él eran tantas que me sobraban hasta para sentir que quería a Lidia, y para rezar, estudiar en un colegio cristiano católico y vivir con mi abuela que siempre me pareció una monja (no una santa), tuvo gran influencia en mí, conociendo a las novicias que trabajan allí me motivé, y, a pesar de que era evidente con que sentía mucha calma cuando miraba a Ricardo Hernández, el niño de la cresta y ojos claros, a pesar de que me gustaba ser abrazada por él y de que a lo mejor sus chistes de hacer un híbrido con nuestros apellidos no me perturbarían, a pesar de que admiraba como alguien tan pequeño podía interpretar tan bien un instrumento de tantas teclas y tan pesado, a pesar de que se me olvidaba que no estaba en Bogotá cuando hablaba con él, decidí seguir ese camino y servir a Dios, al Dios al que le pedía trajera con vida a mi familia de todas partes a las que iba, al Dios al que le pedía que mi papá estuviera bien con mi hermano, que nos devolviéramos pronto, por ese Dios guardé un celibato temprano porque le temía a todo, a los juegos, a sentarme, a quedarme de pie, le tenía miedo a existir porque podía morir yo y hacer sufrir o porque podía morir alguien y hacerme sufrir, empecé a temerle a la gripa, a las enfermedades de los demás, a andar en carro y desconcentrar al conductor, empecé a ser patológica, no recuerdo cuándo acabó todo pero de pronto estaba en Bogotá, en el Anglo, con gente que me preguntaba por qué no me habían visto en este tiempo, conmigo sin saber explicarles que había estado en otra ciudad, que no creía volverlos a ver y que, aunque ellos notaran mi ausencia recién cuando me veían presente, yo me alegraba de verlos, así, con medio año de ventaja, así, paseando un balón desinflado por las paredes y corriendo del comedor a la cancha de fútbol, así con medio año de desventaja volví a mi colegio, a mi colegio que por esos días amaba, y dentro de los proyectos a los que llegué tarde fue al de teatro, un profesor alto me puso en un grupo, él esperaba practicáramos en los recreos algo que nunca hicimos, con la rabia y el miedo de la ñoña líder del grupo, hice lo único que se me ocurrió hacer y lo único con que la gente ya me había elogiado antes: un acento. La mini obra tardó unos diez minutos en tiempo mundano, pero es cierto (y cursi) que me desperté de todo el mal que había cargado casi que electivamente sobre mi hombro meses atrás, que me despojé de la pena que sentía hacia esas personas, que dejé de pensarme fuera de su gremio, que me divertí más que cuando, obligada por mi miedo a ser irrespetuosa, jugaba con mis compañeros en el recreo a lo que fuera, es cierto que los colores me cambiaron desde entonces, que la gente y el profesor me pedían que hiciese el acento en momentos donde no era necesario, es cierto que fui muy fácil y que también lo fue mi mamá cuando, como alcahueta, me metió a los cursos de los sábados de la academia Charlot, es cierto que entré a un lugar lleno de gente que se hablaba entre sí como si se conociese, no sabía yo si había alguien igual que yo o no porque temía levantar la vista y escuchar que alguien se dirigía a mí, es cierto que las primeras clases no tuvieron mucho sentido, pero que no tardé más de tres clases en descubrirme como me había descubierto el año anterior haciendo un acento argentino, es cierto que en escena compartí con un amigo que me ha inspirado de todo en el mundo menos odio, es cierto que ese amigo tiene, sin saberlo hasta ahora, el título de ser mi admiración más grande entre mis amistades, Camilo y como se resuelve en frente de un público, Camilo y como se resuelve fuera de él, Camilo y como está dispuesto a escuchar, Camilo el que me convenció del Libre, Camilo mi compañero de sueños, desde siempre, Camilo mi co-protagonista (o yo la suya) eternamente.

Valentina Rocio Galindo Rosales

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