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Turbia introspección

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Por: Jared Ricaurte

En las profundidades acuosas y enigmáticas de mi descontrolada e impulsiva cabeza, se dibujó la silueta de un hombre en penoso estado de indigencia.

Un hombre de cabello azabache, sucio y grasoso; de protuberante frente y entradas pronunciadas como indicios de inminente calvicie; de rostro descuidado, barba andrajosa, piel seca como una lija, nariz resquebrajada por las quemaduras del sol, mejillas ruborizadas por el viento y ojos marrones cuya mirada perdida desdibujaba la frontera entre su cordura y su inmaterial existencia. Intangible, dentro del yo, que siendo yo, se niega a salir de mi. Viajero del mundo, de espalda jorobada y piernas cansadas. Delirante, ante el horizonte turbio. Oculto tras la cortina de sus lívidas y estupefactas visiones. Huyendo de lo irreconocible e inentendible, o peor aún, de lo entendible pero inconcebible. Caminando sin rumbo; no perdido, no confuso, más bien rendido, agotado… negándose a doblegar su alma frente al excremento prepotente del otro lado de la cortina.

Sin un centavo en el bolsillo el indigente recorrió las descuidadas y burdas calles de una ciudad que le causa repugnancia. No soltó una sola palabra, pero su espíritu bohemio, refunfuñó ante la inevitable incapacidad de vivir el placer de ver la utopía que sus ideales le impulsan a exigir. Tras erguir su encorvada espalda, caminó, por primera vez en muchos años, con determinación hacia un solo objetivo. La senda de la muerte lo atrapó; él no apartó su mirada de los fulgurosos ojos intangibles de un último suspiro que deseó toda su vida. Agónica y desastrosa, asquerosa y grotesca, la niebla que se formó alrededor del revólver fue el resultado pragmático de la mierda que en su mente desvergonzada, inundó hasta el último rincón del mundo que aún contenía algo de gloria.

Cierro los ojos, respiro profundo y dejo de ahogarme en mis pensamientos. Al menos hoy… al menos ahora… viendo a través de la cortina, con una pizca de esperanza.

 

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