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Mi Padre Era Mi Héroe.

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¿Cuánto está dispuesto a pagar por la “libertad” de su hijo?

Mientras comía un helado de paila desde el carro de mi padre, veía como una señora le lloraba a uno de los soldados que pasaba por allí, no entendía muy bien el por qué, hasta que me di cuenta como corrían los jóvenes del aquel pueblo donde llegamos, habían empezado las “Incorporaciones” como las llamaba mi papá, pero recuerdo que los chicos corrían apenas veía llegar el camión, esos que usan para los trasteos; se escondían en sus casas, detrás de los árboles, algunos incluso usaban la violencia cuando intentaban cogerlos, cuando me di cuenta, estaba lleno el camión y había más mamás llorándole el Sargento, pidiendo que por favor no se llevaran a sus hijos, él solo les decía: “Vayan al distrito y allá hablamos”.

A continuación nos cuenta una niña de 17 años, esto que le pasó cuando ella tenía 9 años.

Estaba sentada en la silla de la oficina de mi padre, en el distrito, cuando él entró, estaba junto a una señora que tenía los ojos algo rojos y una bolsa en las manos, traía fruta, lo sé porque me dio una manzana al salir  y cuando llegue a casa había fruta en la mesa, siempre pasaba, habían dulces, comida, frutas o simplemente mi padre nos llevaba de compras en la noche, en los dos años que mi padre se dedicó a eso nunca comí en mi casa, siempre comía en restaurantes, estudiaba en un colegio de policías, donde pagaba alrededor de $450.000 pesos mensuales, tenía cancha de tenis y cosas como esas, pero ¿Por qué cuento esto? Porque mientras yo comía en restaurantes fuera de la ciudad, habían madres buscando por todo lado dinero para poder pasarle “Bajo cuerda” a ese Sargento (Mi Padre) para que su hijo tuviera su libreta pronto, si salía “apto” era más dinero el que tenía que pagar, si no lo daban, su hijo pasaba a ser parte del ejército y si tenía “Suerte” se quedaban en el mismo distrito o en un batallón pero si no, de una para el monte.

Sentada en el café internet al frente del distrito, donde pasaba la mayoría del tiempo mientras mi padre “Trabajaba” siempre veía cómo entraba y salía la gente, esas filas larguísimas desde las 6:00am hasta las 3:00pm donde los muchachos no comían o llevaban almuerzo, a veces llovía.

Siempre mi padre mandaba a uno de sus soldados para llevarme a mi casa porque él tenía una reunión o no había acabado de atender a la gente, ese día me quedé en el café y le dije al soldado que cuando quisiera irme le diría, en el momento que salí del local, vi la larga fila de reclutas esperando a ser atendidos, lo que me pareció peculiar fue ver  una camioneta blindada, era la camioneta del capitán del distrito y ahí estaba yo, viendo cómo mi padre se subía junto al capitán y una mujer de vida alegre, le dio un beso y se fue, ahí me di cuenta que él ya no era mi héroe.

Cuando eres pequeña, piensas en el orgullo que es tener un padre militar, verlo con su vestido de paño y con sus insignias para tus quince años, pero ahora solo piensas en el hombre miserable, que solo pensaba en la cantidad de dinero que madres de campo llegaría para que sus hijos no salieran “Aptos” para prestar servicio militar.

¿Qué esperamos de esto? Tantos problemas que tienen hoy los jóvenes con respecto a su libreta militar, como en las famosas “Recogidas” se llevan a cualquier hombre que consideren adecuado, para obligarlos a ir al monte o ganar dinero cada día mientras sus familiares lloran sus muertes o si tienen suerte ser esclavos de sus superiores, mientras están en un distrito o batallón, por un sueldo miserable.

 

 Lizbeth Rodríguez

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