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IVÁN EL IMBÉCIL

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Resulta evidente la escasez de esos potenciales revolucionarios, de gente capaz de articular el deseo de cambiar su situación individual como parte del proyecto de cambiar el orden de la sociedad.”

ZIGMUNT BAUMAN

Leemos Iván el imbécil de Leon Tolstoy, son las 5:30, el cuento es acorde a nuestros intereses, pero seguramente como en otros días, no me podré volar, incluso me demoraré más tiempo hasta que lo termine ¿Pero cómo parar? Es uno de los libros del paquete de Libro al viento de la alcaldía. Hay muchos ejemplares y le puedo prestar a cada uno, así ellos van llevando la lectura. Pero yo voy leyendo. Están en círculo, un círculo cerrado, yo voy caminando alrededor de ellos y les voy leyendo. A veces paro y les pregunto por el tema o por palabras desconocidas. De seguro voy a llegar tarde de nuevo y me tocará buscar el salón. “Lo más importante es que dispongas de un gran número de soldados; de otro modo habrá en el reino demasiada gente ociosa e inútil. Es preciso reclutar, sin distinción, a todos los hombres jóvenes; y entonces tendrás un ejército cinco veces más numeroso. Después necesitamos nuevos modelos de fusiles y cañones. Inventaré fusiles que arrojen cien proyectiles a la vez como una lluvia de guisantes. Y te haré cañones que escupan fuego a distancias enormes. Los hombres, los caballos, las casas… todo arderá. El zar Simón escuchó al nuevo voivoda. Dio órdenes para que construyeran fábricas, de las que iban a salir centenares de fusiles y cañones. Una vez que todo estuvo dispuesto, se fue a guerrear contra el zar vecino”.

Ahí vamos. Lo peor del asunto es que hoy es mi primera clase en el enfoque de didáctica: me dijeron que el maestro tiene el espíritu, que lo contagia a uno con el ánimo de enseñar. Que es como la esencia misma de la literatura transformándose en pedagogía. Ya vamos más cerca del final. Seis de la tarde. Iván tiene tres hermanos. Sus dos hermanos hombres piden la herencia, uno se va detrás de la guerra y el otro detrás del comercio. Iván se queda en el campo manteniendo a sus padres y a su hermana ciega con su trabajo. El diablo (que podría ser el mismo capitalismo) envía a tres de sus diablillos a enemistar a los hermanos. A los dos que se han ido los diablillos los convencen, al uno de entablar una guerra y al otro de comerciar hasta quedarse con todo el negocio en el reino. Los dos fracasan al ser engañados por los diablillos y vuelven a donde Iván, quien los recibe y sigue siendo considerado como imbécil por no dejar de hacer lo que hace: vivir del trabajo con la tierra. Iván va a ir capturando a cada uno de los pequeños diablos sin querer y ellos le van a conceder deseos. Aun cuando podía curar enfermedades con una raíz, crear ejércitos a partir de bultos de paja y hacer oro frotando hojas no dejó de hacer lo que hacía siempre y por tal razón sigue siendo imbécil.

Favorece a sus hermanos con oro y soldados, pero estos son engañados por el ansia del poder y usan lo que les da Iván para incrementar su ambición afectando a su gente, frente a lo cual Iván no volverá a ayudarlos. El Diablo mayor, al enterarse del fracaso de los diablillos decide venir a hacer él mismo la tarea y logra perder a los hermanos en la codicia hasta que terminan miserablemente. Diez para las seis. Iván se casa con la princesa que ha caído enferma y es curada gracias a la firme voluntad de Iván para salvarla, eso lo hace dueño de un reino, pero él, en lugar de sentarse en un trono a esperar que le sirvan sigue labrando la tierra como todos, viviendo en el mismo lugar y hasta su princesa asume el papel de campesina. Iván es nombrado zar, pero no deja de hacer lo que hace. Todos en su reino siembran y cosechan, la comida se da en abundancia y hay para compartir porque todo es para todos. El diablo, decide entonces hacerle la guerra directa a Iván. Convence a un rey vecino de atacarlo. El reino del imbécil trata tan fraternamente a los invasores que estos terminan desertando. Luego intenta contratar a los habitantes del reino de Iván para esclavizarlos en un trabajo, pero es inútil porque a nadie le interesa el dinero, todos tienen lo que necesitan y las monedas de oro las usan para jugar.

Quisiera salir ya, pero cómo terminar aquí, estamos en el desenlace que es lo mejor. Les leo este cuento a mis estudiantes porque me gusta la manera en que Tolstoy en un cuento casi de hadas logra hablar de lo que en realidad es la crisis de la humanidad y precisamente habla de eso de lo que hoy en día son esas instituciones estructuras que se diluyen. Entonces ¿Qué hace el Diablo? pues como último recurso el diablo va a decir que lo importante es trabajar con la cabeza. Que quienes trabajan con la cabeza obtienen mejores resultados que los que trabajan con sus manos la tierra.

Tolstoy produjo una obra de noventa volúmenes. Muchos de ellos deben ser desconocidos, Seis y quince. Dicen que además el hombre fomentó la revolución rusa, lo cierto es que terminó como ermitaño. Después de los catorce hijos que le dio su joven mujer, una vida modesta y mucha literatura decide diluirse. Siendo un noble, un privilegiado, decide ser humano, despojarse de las provisiones del sistema y alejarse, ante la inescrutable verdad que le dio su época.

Por lo general los chicos hacen preguntas sobre el significado de las palabras, sobre la relación de las cosas y uno que otro dato histórico. Yo paro y les doy paso: la lectura es como una cadena, cada oración es un eslabón, si los eslabones no están completos la cadena no existe, hay que ir cerrándolos y para ello se debe entender el texto, por eso no importa parar. Pero no han preguntado, se han dejado convencer por el ritmo del libro. Uno que otro estará pensando en la salida, en quienes los esperan afuera, pero quizás el silencio general lo ha llevado a volcar su atención sobre el final del relato.

Pienso en mi recorrido. Si me voy en Transmilenio el alimentador me puede retrasar. Además la venida, con sus esperas. Pero si me voy en bici salgo de una. Tomo las Américas hasta que se funde con la treinta y cuatro, después la veintiuno hacia el norte que ahora es bajada, derecho, derechito, hasta llegar a la sesenta y tres, después subo y cruzo diagonalmente la plaza central de Chapinero bajo la sombra de la iglesia gótica de Lourdes, mientras pienso en el montón de gente que tuvo que ponerse a construir cada uno de los detalles que la componen y la gente que está tirada a sus puertas pidiendo limosna. Tanto ajetreo para demostrar la existencia del dios católico. Toda una catedral llena de recovecos para recordar una aparición en Francia, una estatua es la reliquia de toda la iglesia, que incluso fue coronada en 1988, como si estuviera viva, como todos los zares que gobernaron Rusia durante más de cuatro siglos con el favor de dios o de su madre, la misma que beneficia a los que están en el poder, como el procurador y sus secuaces y oculta su rostro de otros, los perseguidos, los miserables de siempre. Una virgen especial, como la del Carmen, la de Fátima, del agarradero, de Guadalupe, de Luján, de Copacabana, del Carmen de Maipú, de Chiquinquirá, de los Ángeles, de la Caridad del Cobre, del Quinche, de la Paz, del Rosario, de Suyapa, de “El Viejo”, de Caacupé, de la Evangelización, de la Divina Providencia, de las Mercedes, de los Treinta y tres, de Coromoto, de la Franqueira, de la Rogativa, de las Lágrimas, de las Nieves, de los Desamparados, de los Dolores-Murcia, de los Dolores de Hellín, del Pilar, del Rosario de Hellín, de la Arrixaca, de la Merced , de la Peña, del Azahar, de Beniajan, de Rosell, María Auxiliadora, la Santa, Madre de Dios.

Llegaré tarde de nuevo, pero en bicicleta la diferencia es de diez minutos y puedo venirme a mi ritmo. Así que tomaré la bici. Pero aún no he terminado. Los zares eternos de planes colosales se acababan, era el fin de una época sólida en Rusia. Desde Iván el grande, pasando por Iván el terrible, Pedro el otro grande que enterró a más de veinticinco mil seres humanos en la construcción de San Petesburgo, su caprichito, la ciudad de los huesos. Catalina la astuta, la avispada, y Pablo, Alejandro, Nicolás y Miguel, con distintos números y adornos ya no podían convencer por la fuerza. El gran imperio Ruso se había construido sobre la sangre de su gente que era explotada miserablemente para cumplir las absurdas órdenes de los zares enviados por la divinidad para gobernar.

Se fue al piso entonces, y es lo que quiero que piensen. Cuatrocientos cincuenta años. Esta gente, nuestra gente y su cultura llevan poco más de quinientos. Desde que llegaron los bárbaros (porque ¿cómo se puede considerar la inteligencia de alguien que cree que el mundo ha sido creado en siete días?) a condenarnos a su sórdido pensamiento que es degollar el pensamiento ajeno, acabar con los no elegidos, los elegidos son los que me obedecen y construirán catedrales, monumentos, castillos, fortalezas, coliseos, partenones y pirámides, para que la gente no pueda vivir su vida y viva la de los demás, para los reyes y los zares, para los que viven en palacios, para el imperio. El imperio del que somos parte es la evolución de los imperios. Pero así como se acabó en Rusia, por la experiencia del dolor en la piel, que hizo cuestionar la bondad divina que favorecía a los mismos de siempre, así se está acabando aquí.

Les faltan las razones, se les acaban los motivos, a pesar de que aún haya gente que les cree, gente que cree en dos bandos y no en la diferencia natural de cada uno, somos iguales porque pensamos diferente, a imagen y semejanza de la vida, que es distinta como cada planta, como cada piedra, como cada pedazo de tierra y de agua que no es la misma pero es igual. La naturaleza va despejando esas ataduras artificiales, esos yugos que nos ataron para esclavizarnos, esa cueva y sus cadenas. Es imposible vivir como ellos quieren, si es que pretendemos vivir. Entonces vuelve a preguntarnos Paul Valéry: “¿la mente humana puede dominar lo que la mente humana ha creado?” y la vida nos sorprende con su respuesta. El deseo por aprender del ser humano ha derretido la solidez en avanzado estado de desintegración, como decía Bauman, el interés por buscar nuevos sólidos que pudieran durar se ha perdido. La comunicación ha fomentado nuestra desconfianza sobre esas instituciones que han determinado nuestra vida. Ahora no tenemos un mundo predecible y controlable. Lo que importa es el flujo del tiempo y no el espacio que se pueda ocupar, vamos a prisa, como el cuento de Octavio paz: “Tengo prisa por estar. Corro tras de mi tras de mí, tras de mi sitio, tras de mi hueco ¿Quién me ha reservado ese sitio? ¿Cómo se llama mi fatalidad? ¿Quién es y qué es lo que me mueve y qué es lo que aguarda mi advenimiento para cumplirse y para cumplirme? No, sé. Tengo prisa. Aunque no me mueva de mi silla, ni me levante de la cama. Aunque dé vueltas y vueltas en mi jaula. Clavado por un hombre, un gesto, un tic, me muevo y remuevo. Esta casa, estos amigos, estos países, estas manos, esta boca, estas letras que forman esta imagen que se ha desprendido sin previo aviso de no sé dónde y me ha dado en el pecho, no son mi sitio. Ni esto ni aquello es mi sitio”.

Llevo media hora, las distancias se acortan después de que se sale de Techotiba, o lo que llaman ciudad Kennedy (pero Kennedy ha muerto) ¿Qué nos depara el futuro? pienso mientras pedaleo, rápido para alcanzar a llegar a clase, aunque sé que voy tarde. Antes uno le podía decir a un pelado, vea estudie que va a llegar lejos ¡qué va! si ni siquiera hay trabajo y ellos lo saben al ver a tanto profesional de taxista, y también saben que los padres de la patria son corruptos, cínicos y miserables. Entonces si el estudio es eso, qué sentido tiene. Las instituciones se caen de su peso. Los otros patriarcas son criminales o narcotraficantes que han acallado la dignidad con dinero y violencia.

Por eso es que me he dedicado a leerles, a hablarles, a contarles historias, no como una acumulación de conocimientos, como una manera de llegar a la vida, de ser feliz con la literatura que otros hicieron para que pudiéramos ver otras cosas, para que no nos quedemos inermes frente a la voluntad de las viejas instituciones. Para que imaginen una sociedad distinta, nuevas formas de vivir en este caos emancipador, de restablecer el equilibrio entre política y poder, porque ahora la política es local y el poder es global y todos estamos expuestos a las mareas de la modernidad líquida. Como si muchos tsunamis nos alcanzaran, uno detrás de otro, encima de otro, abrazado por otro, tsunami, tras tsunami. Por ello la educación se va convirtiendo en un proceso líquido constante, una educación rápida, sensible que va construyendo métodos de aprendizaje en la misma vivencia del ser.

Durante siglos hemos vivido en la condena de modelos, y si uno se fija bien, nos han hecho la vuelta, nosotros también nos la hacemos. Todos esos modelos han sido construidos desde discursos. Discursos sobre lo que debe ser y lo que no. Pero y si uno no llega a la talla ¿si uno no alcanza la nota? antes la nota era un indicativo. Pero hoy ya no nos importa. Estamos fijos en un aparato comercial. La nota como comercio llega a ser tan ineficaz que igual, no aporta nada a nuestro conocimiento, solamente al diploma, al título.

Tolstoy derrumba las instituciones de su época. Esas instituciones frías, pierden su vigencia. Es tan complejo el asunto de la humanidad que ya no cabe en la legalidad, en la absurda solidez de las constituciones que burlan todos los encargados de hacerlas valer. Por eso lo más coherente resulta ser la vuelta a la casa y a la tierra. “Mi esclavo ordena que dejes de ser gavilla, y que cada una de tus espigas se transforme en soldado.”

Siete de la noche, me demoro un poco más en llegar. Pero voy a prisa como el diablo del cuento, que cansado de mendigar comida, pues nadie se la cambia por dinero, -el dinero no vale nada en el reino de los imbéciles- decide convocar a toda la población a ir a escuchar sus lecciones sobre cómo trabajar con la cabeza en el faro. Durante tres días da confusas fórmulas sobre cómo se puede vivir de los demás, sin trabajar la tierra. La gente va y lo escucha, pero como son tan imbéciles, se aburren. Se aburren todo el tiempo, tienen cosas que hacer en su casa, entonces se van y lo dejan solo. Nadie ha pensado en llevarle algo de comer al pobre diablo. Agobiado por la debilidad y la incomprensión da un traspié desde lo alto del faro y rueda a prisa golpeando su cabeza contra las escaleras. Iván que ha venido a buscarlo para traerle comida, intuye finalmente que el trabajo con la cabeza es más doloroso y menos productivo que el que realizan los imbéciles con las manos sobre la tierra. Entonces el diablo, el diablo adolorido y acongojado, el diablo que podría ser el mismo capitalismo, abre un hoyo en la tierra y se va.

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