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EL ESCÁNDALO DEL SILENCIO

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Fotografía y texto de: Yesenia Sánchez Cañón

El desasosiego de los cuerpos ubatenses imploran que no hayan más venas desgarradas, porque en el triunfo de la esperanza, los grandes y los chicos logran justificar su propia existencia. Es por ello, que la mirada de aquel hombre enternecía hasta el más injustificado ser. Porque sus arrugas eran más que la vejez, eran más que aquel árbol de arándanos de su patio, eran más que la madera de su ático, eran hojas marchitas que por la sangre violeta se propagaba en la mirada de sus hijos, se convertía en un rojo tenue que iba perdiendo su color.

Pero, se iban creando mares infinitos que ni con la más fina mata de algodón se iban a secar, pues las lágrimas caían y la noche era cada vez más oscura, arrullaba el viento en sus oídos y el pobre viejo gritaba ¡no más, no más! Porque era su vieja y sus hijos quienes en las sombras se mezclaban, dejando aquella noche el silencio de las ranas, que después de un chillido no trajeron más que soledad, creando la necesidad de un amor nocturno y un despertador que era más que un gallo, pues de juegos en la mañana en donde sus pequeñas golondrinas revoloteaban como pilas que no cesaban, dando campanazos a sus pensamientos, para que como todos los días fuera a mezclar sus manos entre la sustancia natural, era todo aquello lo que no volvería jamás.

Aquella fue la última noche de esperanza, porque luego el pobre viejo dejó sus extremidades sin necesidad de luchar, ya que esas arepuelas que su mujer hacía, se reducían a la madera que lo acompañaba, muerta y sin sabor. Fue así como no hubo más estómago que resistiera el fracaso del amor, porque no solo era ella, sino sus trozos del corazón. Quedando así consumidas las arrugas, las lágrimas y aquellos arándanos, en la resequedad terrenal que hacían a un mortal del más simple mísero humano sin un tris de voluntad.

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