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CIUDAD GRIS.

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Por: Cristian Carrillo Acosta.

Los cambios son maneras positivas de progresar y aprender cosas nuevas. El cambio de una ciudad puede ser algo perturbador. Son muchas las particularidades que posee una capital. ¿Cómo será el cambio, la perspectiva y la opinión de una persona que no conoce la ciudad de Bogotá y pretende vivir, estudiar o trabajar en esta metrópolis? ¿Cuál es el saber popular acerca de una ciudad como Bogotá? ¿Cuáles son las predisposiciones y las primeras impresiones? Estas son preguntas que iremos resolviendo en el desarrollo de este texto, lo invito a hacer parte de esta reflexión, no con el fin de agredir susceptibilidades, si no para entrar en un campo de consciencia y de realidad en nuestro contexto.

Para muchos resulta espantosa la idea de venir a vivir a una ciudad con tanto tráfico, en donde las personas son tan frías como el clima, en donde estás “fuera de tu zona de confort”. Las culturas son distintas a pesar de ser de un mismo país. Para muchos son intimidantes los cambios, para otros es su estilo de vida.

Sin embargo, podríamos entrar a evaluar las primeras impresiones al llegar a una ciudad con más 6.700.000 mil habitantes. Y es exactamente eso lo impactante. Ver caminar a la gente por las calles, prácticamente al cualquier hora del día. Las calles están pobladas, hay individuos viviendo hasta en los andenes, habitantes de calle por supuesto, que, de hecho, también representan una gran población. Sujetos trabajando, estudiando, corriendo, hablando por el celular, peleando y cualquier tipo de comportamiento que usted, señor lector, se quiera imaginar. Y lo más curioso aún –para personas que somos foráneas de la ciudad- ver la particularidad general de sus vestimentas en una gama de grises. Pareciera que estuvieran de luto, como si sus vidas fueran igual de oscuras; la primera impresión es de monotonía, de “este es mi camino, no me estorbes, tengo muchas cosas en la cabeza y tú no me importas”. Aunque esas son sólo interpretaciones triviales y subjetivas.

Pero lo que sí es cierto es que somos muchos, y si usted no me cree en el sistema de transporte de Bogotá lo puede comprobar de manera muy “amena”. El Transmilenio. Ahí, en ese lugar estrecho usted posiblemente se podrá dar cuenta de una realidad terrible que todos tenemos que soportar. Ahí, sí, ahí salen a flote los comportamientos más salvajes que se pueda imaginar , sí, ahí podríamos envidenciar lo que se escucha en las demás ciudades y que tal vez, no lo sabemos, sea muy cierto. No, no es que nos toque empujar a la gente antes de entrar en un bus, no, no es que nos toque dar dos mil pesos para recibir un servicio de transporte público digno y de calidad, no, no es nos toque esperar una hora, viendo cómo pasan los buses vacíos y con las sillas invitándonos a sentar. No, no es flujo de gente ni el trancón, no es eso, es sencillamente que hay mucha demanda y poca oferta.

Además querido lector, despojándonos de sarcamos, si usted viene de afuera es mejor que aprenda solo o que le ayude un amigo de confianza que viva en Bogotá. No se atreva a atravesarse en el camino de un rolo que va algo tarde al trabajo. Alerta, atención, es mejor buscar la autoridad más cercana. No corra el riesgo y menos si va a preguntar una dirección, recuerde que existe google maps.

Y bueno, de todas maneras, más allá de lo que podamos criticar tenemos que tener claro que Bogotá es una madre adoptiva, estamos rodeados de personas de diferentes regiones del país. Hay más salidas y aunque la vida es un poco más hostil, es la capital, hacen un buen ajiaco y hay una pequeña población llena de amor y trabajo para dar.

 

 

Cristian Carrillo Acosta.
Caleño viviendo en Bogotá.

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